Quienes creemos en Cristo, en sus enseñanzas y seguimos su voz de mando, debemos tener presente que en nuestras luchas contra el error, el pecado y la maldad, es necesario poner todo nuestro esfuerzo y empeño para avanzar hacia la victoria final en Él. Debemos fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6:10), además de estar revestidos con toda la armadura de Dios para mantenerse firmes contra las asechanzas del diablo (Efesios 6:11).
Tenemos una lucha que librar contra el error y el pecado, y las armas de nuestra milicia no son carnales (2 Corintios 10:4). Debemos comprender que esta batalla es sin tregua (Efesios 6:13-14) y que no se puede ni se debe pactar con el enemigo (Santiago 4:4). No debemos ignorar las maquinaciones de Satanás para que no gane ventaja sobre nosotros (2 Corintios 2:11), ni minimizar las artimañas del error (Efesios 4:14) ni las mentiras del maligno (Juan 8:44). Estas falacias frecuentemente confunden a quienes no se dedican constantemente al estudio de las Sagradas Escrituras; por ello, se nos exhorta a nutrirnos con la Palabra de Dios, que es la leche espiritual no adulterada (1 Pedro 2:2).
Los aliados de Satanás procuran tanto los intereses de él como los suyos propios (2 Corintios 11:15; Filipenses 3:19). Aquellos que no soportan la sana doctrina se amontonan maestros conforme a sus propios deseos, apartan sus oídos de la verdad y prestan atención a toda clase de fábulas (2 Timoteo 4:3-4). No obstante, el cristiano, al igual que el apóstol Pablo, debe pelear la buena batalla, acabar la carrera y guardar la fe (2 Timoteo 4:7). Jesús —quien nos guía, nos ve, conoce nuestro esfuerzo y está con nosotros hasta el fin porque es Emanuel, Dios con nosotros (Mateo 1:23)— dará al fiel la corona de la vida (2 Timoteo 4:8).
La lucha de los cristianos es contra huestes de maldad, poderosas en gran manera (Efesios 6:12). Sin embargo, gracias a Dios, Aquel que está con nosotros es más poderoso (Isaías 9:6-7; Mateo 12:28-29; Judas 24; Lucas 1:69); por lo tanto, podemos estar seguros de la victoria.
Es fundamental recordarnos mutuamente que el descuido puede resultar fatal. La Biblia representa a nuestro adversario como un león rugiente (1 Pedro 5:8) que busca a quién devorar. Al vernos como su presa, se mantiene constantemente al acecho, y víctima suya será todo aquel que no vele ni mantenga un espíritu sobrio. Nosotros podemos resistirle estando firmes en la fe; y el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, Él mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá (1 Pedro 5:9-10). Por eso, «a él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén» (1 Pedro 5:11).
Los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo nos animan con la palabra de Cristo y sus promesas, advirtiéndonos de los peligros para que nos conduzcamos con cuidado, mediante una manera de vivir santa y piadosa (1 Pedro 2:11). Nos exhortan a amarnos unos a otros con el amor de Dios (1 Juan 4:7), a tener amor fraternal, a ser misericordiosos y amigables (1 Pedro 3:8; Romanos 12:9-10), y a no devolver mal por mal ni insulto por insulto (1 Pedro 3:9; Romanos 12:17-19). Jesús nos enseña a ser perdonadores (Mateo 6:12; Lucas 17:3-4) y a hacer el bien a quienes nos aborrecen (Mateo 5:44). Somos los escogidos de Dios, ovejas del Buen Pastor; si oímos su voz y le seguimos, nadie nos arrebatará de su mano (Juan 10:27-29).
¡Adelante, compañeros! En Cristo, nuestro príncipe, tenemos la victoria (1 Corintios 15:57).
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