En tiempos del profeta Isaías, había ciertas personas de las cuales Dios dijo: «Son humo en mi furor» (Isa. 65:5). La palabra hebrea que se traduce aquí como «furor» es propiamente «nariz o ternilla de la nariz», de aquí, cara, y ocasionalmente persona (también por la respiración) ira, aliento, enojar… furor (Strong). Como molesta el humo en la nariz, así eran algunas personas para Dios en el tiempo del profeta Isaías.
La razón de que estas personas fueran tan molestas para Dios era porque se consideraban más santas que otras, y por ello decían a los demás: «... Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú...» (Isa. 65:5).
La palabra hebrea cadásh (santo) en Isaías 65:5 significa: apartar, dedicar, consagrar. Estas personas se consideraban muy consagradas o dedicadas a Dios, quizás a causa de sus sacrificios, de sus esfuerzos y de las obras que hacían, y por tal razón se creían más aceptas delante de Dios que los demás.
Jesús se encontró con este tipo de personas que despreciaban o tenían en poco a otros, y se consideraban a sí mismas como justas delante de Dios y más dedicadas a Él que los demás. Jesús las confrontó (Lucas 18:9).
Así también, hoy hay quienes podemos estar tratando de medir nuestra consagración a Dios por nuestros actos externos de adoración, como el reunirnos siempre, ofrendar, cantar, etc., para luego comparar lo que hacemos con lo que los demás hacen y concluir que somos mucho más aceptos para Dios y más dedicados a Él que los demás, gracias a nuestros «mejores y más excelentes servicios a Dios». Es decir, nos podemos estar considerando de esa manera solamente por nuestra religiosidad externa. Pero Dios conoce nuestros corazones.
Podemos estar cayendo en el grave error de establecer nosotros mismos la medida o el nivel de santidad y justicia que los demás deben alcanzar, poniéndonos como modelos de rectitud y santidad. Sin embargo, si queremos agradar a Dios, debemos reconocer que el tipo de justicia y santidad que Él requiere de los suyos es determinado por Él mismo, bajo la gracia de nuestro Señor Jesucristo; que el modelo de santidad a seguir es Cristo mismo, y que no debemos convertirnos en fiscales de los demás. Un fiscal, según el DRAE, «es aquella persona que averigua o delata operaciones ajenas». ¿Y quién ha sido puesto por Cristo en la iglesia para andar investigando las acciones de los demás y luego delatarlas? La respuesta es obvia: nadie. Sin embargo, los que se encargan de esta tarea (porque a sí mismos se han nombrado) buscan con ello levantar malas sospechas hacia otros y la oportunidad de presentarse ante los demás como más santos.
El apóstol Pablo escribió a Tito las siguientes palabras: «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:4-5).
Dios, por su bondad, amor y misericordia, nos provee los medios por los cuales todos podemos estar en una buena relación con Él. Los que predicamos el evangelio debemos dar a conocer esos medios establecidos por Dios, tanto a los no creyentes como a los que están en Cristo. Pablo por eso decía a Tito: «Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina» (Tito 2:1).
No debemos olvidar que los que a sí mismos se consideran más santos que los demás han establecido su propia forma o medida por lo que hacen para confiar en ello y considerarse mejores que otros. Pero, al igual que Jesús y el profeta Isaías, es necesario confrontarlos con el consejo de Dios.
La Biblia dice: «Por sus frutos los conoceréis». No es difícil, pues, identificar a tales personas dentro de la iglesia del Señor.