EL DEBER DE PREPARARNOS PARA SER UN BUEN SOLDADO AL SERVICIO DE JESUCRISTO (2 Timoteo 2:3)

EL DEBER DE PREPARARNOS PARA SER UN BUEN SOLDADO AL SERVICIO DE JESUCRISTO (2 Timoteo 2:3)
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Pablo, apóstol de Jesucristo, hizo uso en varias ocasiones de la figura de un soldado para presentar enseñanzas aplicables a la vida espiritual de los seguidores de Cristo (ver, por ejemplo, 1 Corintios 9:7 y 2 Timoteo 2:4). Por lo tanto, para los mismos efectos, estaremos haciendo uso de esta analogía.

La preparación en todos los asuntos de la vida del hombre en este mundo es vital para poder realizar con eficacia cualquier obra que se disponga a hacer. Sin una excelente preparación nada puede resultar en un verdadero éxito; por el contrario, el fracaso se vuelve inminente.

Cristo nos ha llamado para que le sirvamos como soldados, y Él quiere que estemos adecuadamente preparados para servirle en todo cuanto nos mande. Nosotros debemos estar dispuestos a prepararnos (es decir, a entrenarnos) para ser buenos soldados a su servicio, y debemos hacerlo con esfuerzo y sacrificio. Es importante comprender esto si consideramos al enemigo contra el cual peleamos, y más aún si tomamos en cuenta nuestro gran incentivo: la vida eterna (1 Juan 2:25).

En este artículo deseamos analizar uno de los tantos ejemplos dados por Dios en su Palabra para que, al considerarlo, tomemos con mucha seriedad el deber de prepararnos adecuadamente para servir a Jesucristo.

SOLDADOS AL SERVICIO DE CRISTO

Un ejército de hombres mal entrenados, mal equipados y sin apoyo logístico no daría buenos resultados en un campo de batalla. Lo más probable es que todo termine en fracaso, la derrota quede asegurada y la victoria final pase a manos del enemigo; eso es algo que ningún ejército desea. Los hombres que han ido a la guerra siempre han sabido esto. Por lo tanto, se invierte mucho dinero en programas de entrenamiento para que los soldados estén preparados física, mental y moralmente. Además, desde el punto de vista logístico se les provee de todo lo necesario, pues nadie es soldado a sus propias expensas.

Si un soldado es indisciplinado y no entrena como debe, es corregido a fin de que acepte el entrenamiento. Finalmente, esta preparación no solo le servirá para realizar un servicio eficaz en el campo de batalla, sino que también le será de gran utilidad para proteger su propia vida.

Cuanto más tiempo permanezca un soldado en el campo de batalla sin ser herido, sin ser atemorizado, bien equipado, con convicciones firmes y capaz de mantenerse en su puesto de combate —hasta el punto de dar su vida en el cumplimiento de su deber—, mejores serán los resultados. Por eso al soldado se le entrena, se le provee de cuanto necesita y se le brinda todo el apoyo. El objetivo es tener tropas bien preparadas con las cuales ganar una guerra contra un enemigo que, posiblemente, esté también muy bien capacitado, sea inteligente y cuente con respaldo logístico.

En el sentido espiritual, el cristiano es un soldado y está librando una batalla. Se encuentra en medio de una gran guerra espiritual (Efesios 6:12), y el enemigo contra el cual lucha es poderoso, inteligente, aprovecha bien las oportunidades para tomar ventaja y se prepara estratégicamente para dar siempre su mejor golpe. Este enemigo es Satanás y todo su ejército (Efesios 6:11-12).

Este adversario busca únicamente la ruina de todos los hombres y, en cierta manera, ha tenido éxito en llevar a muchos a la perdición. Desde el punto de vista estratégico, ha sido capaz de diseñar toda clase de falsas doctrinas y ha logrado llenar el mundo de religiones engañosas con apariencia de bondad. Estas doctrinas bien elaboradas impiden a muchos ver la verdad del evangelio de Jesucristo (2 Corintios 4:4).

Muchos han caído en el engaño de Satanás (2 Tesalonicenses 2:9-11) y repiten lo que sus mensajeros predican. Por ejemplo: “Todas las iglesias son buenas”, “En todas se lee la Biblia”, o “Nadie sabe la verdad”. Otros repiten que con solo levantar la mano y aceptar a Cristo ya se es salvo; que los niños deben ser bautizados; que el hombre sirve a Dios mejor soltero que casado (sometiéndose a la ley del celibato para un sacerdocio especial); que ya nacemos con pecado y por eso nadie puede dejar de pecar; o que Cristo ya destruyó el pecado y, si mentimos, nos embriagamos o fornicamos, no importa porque ya nada nos puede condenar.

Estratégicamente, con una gran diversidad de falsas doctrinas y religiones, Satanás ha logrado apartar a muchos de la verdad. Desde el punto de vista logístico, este enemigo ha conseguido el apoyo necesario para la propagación del error y ha logrado enredar a otros tantos, alejándolos fácilmente de la verdadera fe en Cristo al socavar convicciones que no estaban bien cimentadas en la verdad (Efesios 4:14).

Se aprovecha de nuestros temores y dudas, y sabe elaborar toda clase de trampas para atemorizar. También estudia nuestros puntos débiles y los aprovecha al máximo para hacernos fracasar en nuestro esfuerzo por alcanzar la victoria final (Ej. Mateo 4:4-11).

Este enemigo quiere que cada vez sean menos las personas que vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo (2 Corintios 4:4), y busca que haya menos fieles dedicados a Dios dentro de la iglesia del Señor. Emplea la ciencia y la tecnología, y es muy inteligente para diseñar argumentos engañosos que nos lleven a aceptar el error y el pecado. Incluso, puede hacernos creer que él no existe, logrando así que el pecado avance en este mundo.

Usted, como soldado de Cristo, no debe ignorar ni subestimar la capacidad del enemigo (Efesios 4:27; 2 Corintios 2:11; 2 Corintios 4:4; 1 Pedro 5:8). Todo esto nos debe hacer pensar seriamente en la necesidad de prepararnos bien, de entrenar, de estar dispuestos a ser abnegados, de vestirnos con toda la armadura que Dios nos ha provisto y de confiar en su poder. Solo así podremos resistir y hacer un trabajo eficaz en el campo de batalla para obtener la victoria final (Efesios 6:10-20). Cristo no espera menos de un soldado a su servicio.

Muchos hombres y mujeres, al igual que Pablo, han peleado la buena batalla (2 Timoteo 4:7), logrando un excelente desempeño y alcanzando la victoria en Cristo.

La buena batalla de la fe consiste en:

  • Llevar el evangelio a la mayor cantidad de personas posible (Romanos 1:14-17).
  • Mantenernos firmes y unánimes en un mismo espíritu, defendiendo y contendiendo por la fe (Filipenses 1:17; Filipenses 1:27; Judas 3).
  • Dar razón de la esperanza que tenemos en Cristo (1 Pedro 3:15).
  • Lograr hacer huir al enemigo (Santiago 4:7).
  • Vivir conforme al Espíritu para vencer los deseos de la carne que combaten contra el alma (Gálatas 5:16; 1 Pedro 2:11).
  • Animar y confirmar a otros en la fe (Hechos 11:22-24; Hebreos 12:12).
  • Morir en nuestro puesto de combate siendo fieles a Cristo, a su causa y a su amor (Apocalipsis 2:10; Romanos 8:35-39).

Conclusión

Todo cuanto necesitamos para alcanzar estas metas y desempeñarnos eficazmente en nuestro puesto de combate, Dios nos lo ha concedido en Cristo y en su Santa Palabra (1 Pedro 1:3; Efesios 6:10-11). Por esta razón, debemos hacer que ella more en abundancia en nuestros corazones, y no debemos cansarnos de pedir a nuestro Padre en oración que nos conceda el conocimiento de su voluntad, sabiduría e inteligencia espiritual (Colosenses 1:9; Filipenses 1:8-11).

Dejemos a un lado todo pretexto y excusa que busque justificar nuestra indisciplina en las filas del ejército de aquel que nos ha tomado por soldados. No enfoquemos nuestros esfuerzos en pelearnos entre nosotros mismos (Gálatas 5:15), porque entonces nos destruiremos.

Podemos salir victoriosos como buenos soldados de Cristo si nos entrenamos adecuadamente, tomamos nuestra parte en las aflicciones del Señor (2 Timoteo 2:3) y confiamos en el poder de Dios y su Palabra. Así, llegado el momento, podremos desempeñarnos bien en el campo de batalla y ganar la lucha final de manera aplastante contra nuestro adversario, Satanás, y sus aliados.

Mientras llega la victoria final, digamos y actuemos en cada batalla juntamente con Pablo:

“Porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo” (2 Corintios 10:4-5, LBLA).